Ya llevo dos años seguidos en la montaña. Incluso podría contar otros dos anteriores en los que intermitentemente también he estado rodando por rutas parecidas. En realidad, ha sido una decisión personal, ya que si quisiera podría conseguir una ruta en Alicante, donde haría menos kilómetros, pero dentro de la ciudad. Siempre he preferido rutas largas y perdidas (difíciles) en donde el sentido de las palabras tiempo, prisa, urgencia, tienen un significado muy distinto al que le asignan en la ciudad. Salgo de Alicante sobre las siete y media rumbo al norte, por la autovía que va para Benidorm. El sol lo veo salir cuando llego al trabajo, con decorados industriales entre los que destacan dos enormes chimeneas de una fabrica de ladrillos que son clavadas a la tapa de Animals (solo falta el chancho volando). Cuando tiro por la autovía tengo unas cuantas postales privilegiadas del Mediterráneo (desde la altura de la carretera que corre paralela al mar). A veces el mar es de plata, otras es de oro, otras es de un color que no se ni decir cual es. Al cabo del día hago unos 340 kilómetros, de los cuales cien son la ida y cien la vuelta. Tengo el servicio de valijas de banco de unos diez pueblos, más algo de paquetería. Entre estos pueblos hay dos que están realmente perdidos. Uno es Fleix, al que se llega subiendo por el Vall de Laguar. Es una subida breve pero muy pronunciada. La carretera literalmente se abre a través de un hueco en el verde. El Vall de Laguar queda a un costado y es ciertamente impresionante. El otro pueblo perdido es Benialí. Allí se llega atravesando el Vall de la Gallinera. Aquí la subida no es muy pronunciada, pero es larguísima (11 km) y a diferencia del otro valle aquí vas por dentro, un valle por momentos muy estrecho rodeado de muros de piedra de mas de doscientos metros, con rocas en lo alto a veces suspendidas en unos equilibrios imposibles. Hay otro valle, el Vall de Ebo, donde muy ocasionalmente me toca subir, que es el más alto de todos, pero es tan empinada la subida y tan terrible la bajada que el propio temor te impide disfrutar de los paisajes.

  Toda esta orografía se ve potenciada por unos bosques alucinantes, inmensos, árboles por todas partes, creciendo en laderas imposibles, en rocas, en casas abandonadas. Aquí es una zona en donde las lluvias son muy fuertes y copiosas, verdaderas trombas, y un poco todo está hecho al capricho del agua, desde los paisajes hasta los pueblos. Tal cual es mi trabajo, paso dos veces al día por los mismos sitios, así que de alguna manera soy un observador metódico y puntual. Voy tomando notas mentales, marcando sitios, identificando nidos, pájaros, cuevas, casas derruidas, flores...y cuando tengo claro que tengo algo bien "estudiado" me bajo con la cámara y disparo.

                                                                                                                (2004)

    

Innumerables variedades de la vida orgánica -estrellas, cálices y campanillas, formas irregulares llenaban el aire soleado con aroma seco- surgían de la hierva de las vertientes y las extensiones de los pastos, con glicinas y pensamientos silvestres de gran variedad, belloritas, margaritas, prímulas amarillas y rojas, mucho más bellas y grandes que las que Hans Castorp había visto en la llanura...