Estaban ocurriendo las cosas habituales: devorar un libro con avidez, leído en minutos robados al amanecer (la historia de un viaje en un hidroavión), y de ahí (concluido el vuelo) leer de un tirón Escritos de un Salvaje, de Paul Gauguin, que fue una de los primeros libros que me compré al llegar a Europa (yo había llegado hacía mucho en realidad). Un perro ladra en mi interior. Su ladrido me lleva hasta Henry Miller: leo -también de un tirón- Primavera Negra. Vuelvo a estamparme literalmente contra esas primeras cinco o seis hojas iniciales que siempre me hacen admirar la fuerza de un tipo que habla de cosas verdaderas, tangibles, brutales. Todo esto ocurre con fondo de una cinta que guarda un concierto de los Who. Viejos ratones del tiempo. Todo esto contribuye a inyectar en mi cabeza algo así como puentes que me deberían llevar a algún lugar. Y ese lugar a veces se convierte en cualquier cosa: falsifico una carta para I., hago una versión imposible de Working Class Hero (cantando en la ducha), la olvido, reencuentro algunos escritos perdidos de la novela imposible, limpio la guitarra, le quito las cuerdas oxidadas y le pongo otras también oxidadas (pero menos), revuelvo los papeles, dejo marcas en los libros, quiero hablar con todos pero no quiero hablar con nadie.
El tiempo es helado.
Hay nieve, viento, bosques quemados, bufandas, mi vieja chaqueta india de lana...
No entro en calor del todo hasta que la guitarra de Pappo hace temblar la furgoneta rumbo al trabajo (sale el sol).
Subo las montañas, mis viejas amigas.
Vigilo las casas en ruinas, atento a cualquier derrumbe.
Salta una liebre detrás de un árbol.
Llevo la cámara encima siempre, pero hay semanas enteras en que no llego ni a sacarla de la mochila: soy exigente, un cazador experto que espera paciente para disparar.
Empieza a llover.
Llevo en la cabeza a Van Gogh por la montaña,
y a Miller,
y a Gauguin,
y a Hendrix y a los Ratones Paranoicos
(tocando Me gusta ese tajo)
Bajo la tormenta,
Mi mente se mimetiza con la furia del cielo a punto de partirse en pedazos.
Llevo el veneno de la Edad Media que me inyectó un libro.
La navaja roja.
La sombra del que quiero ser una curva más adelante.
Acelero.
Las habladurías ya no pueden atraparme.

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