Como me convertí en un chino IV
El Gran Dragón era un restaurante más de entre los infinitos que puede haber en una gran ciudad. Grandes leones dorados presidiendo la entrada. Un cartel con el nombre inmenso en español y en chino. Todo coronado con una arquitectura de pagoda acartonada, como si fuera el decorado de una pelicula, osea: falso. Dentro del enorme espacio, muchísimas mesas todas iguales, perfectamente alineadas y preparadas. Un aroma extraño e indefinible que en nada recuerda a la comida. Una iluminacion tenue, un hilo musical muy suave y por supuesto unos adornos horribles donde inevitablemente había una cascadita de agua (eléctrica) con su rumor relajante. Me acomodé en una de las mesas y en escasos segundos ya tenia a una china al lado dándome las buenas noches. La observé con ojos cientificos. Pero no descubrí nada. Era sólo una china, jóven, discreta, elegante a su manera, una china como cualquier otra. Tratando de prolongar lo más posible la conversacion que estaba a punto de empezar, le dije que no estaba seguro de lo que iba a pedir. Así se vería obligada a hablarme. La china -sin dejar de sonreir- torció el gesto -imperceptiblemente- y me puso delante la carta escrita no sólo en español y chino, sino también en inglés. Abrio una libretita (china, seguramente) y se dispuso a tomar nota. La primera parte de mi plan se venía abajo, así que no tuve más remedio que elegir casi al azar. La china tomo nota, dijo "glacias" y desapareció detrás de una cortina sin hacer casi ruido al andar. En aquel restaurante tan grande, yo practicamente estaba sólo. En el otro extremo de la sala había una pareja de ancianos que si no miraba uno con atención podían confundirse con estatuas. Estaban tan lejos que ni siquiera podia distinguir si eran chinos. Un poco más cerca, un chino gordo y con cara de funcionario público comía sin prestar atención a nada mientras leía una pequeña libreta. Casi sin haberla oído, reapareció la china y me puso delante un cuenco con una sopa humeante. Tenía un aspecto repugnante, y la china se había quedado de pie frente a mí como esperando que la probara. El humo de la sopa subío hasta mi cara y empaño por un momento mis gafas. Supuse que aquello formaba parte de la cultura china así que hundí la cuchara en el mejunje y lo probé. Era espantoso. Además de estar casi hirviendo, aquello tenía un sabor horrible. Por un momento pasaron por mi cabeza palabras como sopa de aleta de tiburón, sopa agria y picante, sopa wan fun...platos que recordaba haber leído en la carta. Tragué como pude aquella cucharada y levante la vista. La china seguía rígida observandomé, pero yo calculé que lo mismo podía haber estado sonriendo un momento antes de que la mirara y volver a su aparente indiferencia antes de que nuestras miradas se encontraran. Si los platos que seguirían a ese serian igual de espantosos, al menos no iba a arriesgarme a tener que beber además algo típico -y seguramente asqueroso-, así que mirándola fijamente le dije: "Quiero una Coca-Cola." La china pareció dar un respingo, como si le hubiese picado una abeja, pero sin decir nada volvió a marcharse a traves de una cortina por otra puerta secundaria en la que no había reparado al entrar. Seguramente las bebidas estaban en ese otro cuarto y no en la cocina, pensé. Mientras trazaba mentalmente la geografía de aquel sitio, me comí aquella sopa hasta donde pude, una cucharada antes de vomitar. Los comensales de las otras mesas seguían igual de ajenos a mi como si yo no existiera. El restaurante tenía una sola entrada, y una vez dentro solo había dos salidas; hacia la cocina, y hacia el cuarto donde la china había ido a por la bebida. Cuando regresó, puso delante de mí una Coca-Cola de cristal, una de esas botellas modernas que imitan el envase original, pero que son casi una miniatura. Uno de esos productos engañosos que siempre me ponían de mal humor. No dije nada. De alguna manera entre la china y yo se había creado una corriente de hostilidad y yo no quería acentuarla. Entre todo aquel protocolo educado yo parecía percibir que la china no confiaba en mí. Lo cual sería lógico percibir ya que yo no confiaba tampoco en ella. Sea como fuese, la china dejó la bebida (que me bebí de un trago) y volvió a salir rumbo a la cocina. Me dí cuenta de que aquella sopa (que aún estaba delante de mí) me estaba provocando mucha sed. Entonces comprendí que no era que me había quemado la temperatura sino los ingredientes picantes que llevaba. Por eso la china se había quedado delante de mí esperando ver mi cara: disfrutando de mi ridiculo. Mi primera misión como investigador estaba siendo un fracaso. Estaba comiendo cosas incomibles, una china se reía de mí en mi cara y empezaba a sudar a causa de la sed y el estomago revuelto. Pero no estaba dispuesto a darme por vencido. Cuando la china regresó con una fuente, me puse de pie y le pregunté donde estaba el aseo. Me señaló la misma cortina por donde se había ido a por la Coca-Cola. Eso era perfecto, me daba la excusa para investigar un poco más aquella parte del salón. Pasé a traves de la cortina, pero antes de alejarme, observé a la china. Dejó la fuente en mi mesa, preguntó algo al funcionario y la ví desaparecer nuevamente. Detrás de la cortina había un pasillo no muy largo, pero bastante oscuro. A unos pocos metros a la derecha encontré una puerta por donde se acccedía a los aseos, pero en vez de girar, seguí por el pasillo hasta su final y llegué a una puerta de cristales muy sucios que daba a un de patio o jardín. Me asomé por el cristal, pero no pude distinguir casi nada concreto mas que plantas y matorrales, sin embargo, en el fondo de aquel patio se recortaba a contraluz la figura de algo cubierto con una lona, algo grande como un coche, al lado de una especie de cobertizo. Hubiese querido ir en ese mismo momento hacia allí, pero supuse que ya llevaba muchos minutos fuera de la mesa y decidí volver. En mi sitio me esperaba una fuente con tapa que abrí con lentitud y hasta con miedo. Horrorizado, vi una El Gran Dragón era un restaurante más de entre los infinitos que puede haber en una gran ciudad. Grandes leones dorados presidiendo la entrada. Un cartel con el nombre inmenso en español y en chino. Todo coronado con una arquitecturade pagoda acartonada, como si fuera el decorado de una pelicula, osea: falso. Dentro del enorme espacio, muchísimas mesas todas iguales, perfectamente alineadas y preparadas. Un aroma extraño e indefinible que en nada recuerda a la comida. Una iluminacion tenue, un hilo musical muy suave y por supuesto unos adornos horribles donde inevitablemente había una cascadita de agua (eléctrica) con su rumor relajante. Me acomodé en una de las mesas y en escasos segundos ya tenia a una china al lado dándome las buenas noches. La observé con ojos cientificos. Pero no descubrí nada. Era sólo una china, jóven, discreta, elegante a su manera, una china como cualquier otra. Tratando de prolongar lo más posible la conversacion que estaba a punto de empezar, le dije que no estaba seguro de lo que iba a pedir. Así se vería obligada a hablarme. La china -sin dejar de sonreir- torció el gesto -imperceptiblemente- y me puso delante la carta escrita no sólo en español y chino, sino también en inglés. Abrio una libretita (china, seguramente) y se dispuso a tomar nota. La primera parte de mi plan se venía abajo, así que no tuve más remedio que elegir casi al azar. La china tomo nota, dijo "glacias" y desapareció detrás de una cortina sin hacer casi ruido al andar. En aquel restaurante tan grande, yo practicamente estaba sólo. En el otro extremo de la sala había una pareja de ancianos que si no miraba uno con atención podían confundirse con estatuas. Estaban tan lejos que ni siquiera podia distinguir si eran chinos. Un poco más cerca, un chino gordo y con cara de funcionario público comía sin prestar atención a nada mientras leía una pequeña libreta. Casi sin haberla oído, reapareció la china y me puso delante un cuenco con una sopa humeante. Tenía un aspecto repugnante, y la china se había quedado de pie frente a mí como esperando que la probara. El humo de la sopa subío hasta mi cara y empaño por un momento mis gafas. Supuse que aquello formaba parte de la cultura china así que hundí la cuchara en el mejunje y lo probé. Era espantoso. Además de estar casi hirviendo, aquello tenía un sabor horrible. Por un momento pasaron por mi cabeza palabras como sopa de aleta de tiburón, sopa agria y picante, sopa wan fun...platos que recordaba haber leído en la carta. Tragué como pude aquella cucharada y levante la vista. La china seguía rígida observandomé, pero yo calculé que lo mismo podía haber estado sonriendo un momento antes de que la mirara y volver a su aparente indiferencia antes de que nuestras miradas se encontraran. Si los platos que seguirían a ese serian igual de espantosos, al menos no iba a arriesgarme a tener que beber además algo típico -y seguramente asqueroso-, así que mirándola fijamente le dije: "Quiero una Coca-Cola." La china pareció dar un respingo, como si le hubiese picado una abeja, pero sin decir nada volvió a marcharse a traves de una cortina por otra puerta secundaria en la que no había reparado al entrar. Seguramente las bebidas estaban en ese otro cuarto y no en la cocina, pensé. Mientras trazaba mentalmente la geografía de aquel sitio, me comí aquella sopa hasta donde pude, una cucharada antes de vomitar. Los comensales de las otras mesas seguían igual de ajenos a mi como si yo no existiera. El restaurante tenía una sola entrada, y una vez dentro solo había dos salidas; hacia la cocina, y hacia el cuarto donde la china había ido a por la bebida. Cuando regresó, puso delante de mí una Coca-Cola de cristal, una de esas botellas modernas que imitan el envase original, pero que son casi una miniatura. Uno de esos productos engañosos que siempre me ponían de mal humor. No dije nada. De alguna manera entre la china y yo se había creado una corriente de hostilidad y yo no quería acentuarla. Entre todo aquel protocolo educado yo parecía percibir que la china no confiaba en mí. Lo cual sería lógico percibir ya que yo no confiaba tampoco en ella. Sea como fuese, la china dejó la bebida (que me bebí de un trago) y volvió a salir rumbo a la cocina. Me dí cuenta de que aquella sopa (que aún estaba delante de mí) me estaba provocando mucha sed. Entonces comprendí que no era que me había quemado la temperatura sino los ingredientes picantes que llevaba. Por eso la china se había quedado delante de mí esperando ver mi cara: disfrutando de mi ridiculo. Mi primera misión como investigador estaba siendo un fracaso. Estaba comiendo cosas incomibles, una china se reía de mí en mi cara y empezaba a sudar a causa de la sed y el estomago revuelto. Pero no estaba dispuesto a darme por vencido. Cuando la china regresó con una fuente, me puse de pie y le pregunté donde estaba el aseo. Me señaló la misma cortina por donde se había ido a por la Coca-Cola. Eso era perfecto, me daba la excusa para investigar un poco más aquella parte del salón. Pasé a traves de la cortina, pero antes de alejarme, observé a la china. Dejó la fuente en mi mesa, preguntó algo al funcionario y la ví desaparecer nuevamente. Detrás de la cortina había un pasillo no muy largo, pero bastante oscuro. A unos pocos metros a la derecha encontré una puerta por donde se acccedía a los aseos, pero en vez de girar, seguí por el pasillo hasta su final y llegué a una puerta de cristales muy sucios que daba a un de patio o jardín. Me asomé por el cristal, pero no pude distinguir casi nada concreto mas que plantas y matorrales, sin embargo, en el fondo de aquel patio se recortaba a contraluz la figura de algo cubierto con una lona, algo grande como un coche, al lado de una especie de cobertizo. Hubiese querido ir en ese mismo momento hacia allí, pero supuse que ya llevaba muchos minutos fuera de la mesa y decidí volver. En mi sitio me esperaba una fuente con tapa que abrí con lentitud y hasta con miedo. Horrorizado, vi una especie de pollo en miniatura cubierto de una salsa gelatinosa de color casi rojo. Con la determinación de los verdaderos investigadores, probé un bocado de aquello. Era agridulce, pero también picante. La textura de la salsa era como la grasa. La carne acartonada y seca. Tragué como pude y la china volvió a aparecer. Traía unas setas mezcladas con verduras. Era todo hervido sin más, pero me lo comí como si fuera un manjar que me haría olvidar aquella sopa y aquel pollo pintado de rojo. Aquellas verduras me infundieron nuevos ánimos. Allí el tiempo pasaba lentamente y nadie prestaba atención a nada. De hecho, hasta la propia cocina del restaurante sonaba silenciosa, como si allí sólo hubiese un viejo cocinero trabajando. Decidí volver al pasillo y ver que había en aquel patio, y necesitaba disponer de algún tiempo para hacerlo. Cuando la china apareció otra vez, el chino solitario pagó su cuenta y se marchó. Los viejos del otro extremo seguían momificados. La llamé y le pregunté qué podía tomar de postre (ni siquiera sabía si los chinos toman postre), ella se limitó otra vez a abrir la carta y yo elejí (sin mirar) un postre al azar. Para disponer de más tiempo, le dije que también tomaría un té. "Algo especial" -dije- con la intención de tenerla más tiempo ocupada en preparar lo que le pedía. La china, siempre con la misma expresión (algo que no llegaba a ser una sonrisa) volvió a marcharse tras las cortinas. Antes de desaparecer yo había ideado una coartada: me había manchado a proposito una manga de la camisa con la salsa roja, y había dejado que ella la viera. Por gestos le habia dicho que no era nada, que me limpiaría en el aseo mientras preparaban el té. En cuanto desapareció de mi vista, salí casi corriendo hacia el pasillo. Los viejos ni siquiera me miraron. Me interné por el pasillo y volví hasta la puerta del fondo. Era un puerta vieja, de metal, y con pequeños cristales cuadrados en su mitad superior. Tenía un pasador de hierro muy tosco y grande. No tenía candado, cerradura, ni cadena alguna. Intenté moverlo y a pesar de lo viejo que parecía, cedío muy facilmente. La puerta estaba abierta y sólo quedaba empujarla. Lo hice con cuidado infinito y di un paso hacia aquel jardin. Tardé unos momentos en acostumbrarme a aquella oscuridad. Cuando empecé a distinguir algo, avancé hacía aquella forma que había visto antes. Al acercarme, distinguí mejor el cobertizo que había al lado. ¿qué podría haber allí dentro?¿herramientas?¿Para que quieren herramientas en un restaurante? Pensaba esto lo más rapido que podia mientras calculaba mentalmente lo que podía tardar un chino en preparar un té. El agua hirviendo, dejarlo reposar, servirlo en un vaso elegante...calculé que aún tendría unos minutos y abrí la puerta del covertizo. Cuando miré dentro estuve a punto de gritar: varias figuras inmóviles me miraban. Algunas vestidas, otras sin ropa. Un segundo antes de salir corriendo me di cuenta de que eran maniquies. El corazón me latía desenfrenado. Unos simples maniquies me habían puestoal borde del espanto, pero reflexioné rápido, y pensé que a pesar del susto, había logrado controlarme, no me había delatado. En un momento volvería a la mesa, tomaría mi té, pagaría mi cuenta y me iría tranquilamente de allí sin que los chinos se hubiesen dado cuentade que me había colado en aquel extraño patio donde escondían maniquies...
Entonces ocurrió lo impensable.
Un viento repentino barrió aquel patio y un remolino de hojas se agitó. Un segundo después, la puerta de hierro, que había dejado completamente abierta para una salida rápida, se cerró con un estrépito descomunal. Se oyeron cristales rotos en el medio de un gong terrible. Pensé en salir corriendo de aquel lugar antes de que nadie me viese allí. Si actuaba rápido no sería descubierto, pero de detrás del cobertizo -sin que yo supiera cómo- apareció un chino. Me quedé paralizado. Veía apenas su figura a contraluz, pero sus ojos brillaban en la oscuridad. No decía nada, pero incluso sin hablar parecía decirme: te hemos descubierto. El miedo suele hacer reaccionar a la gente de manera muy distintas. Frente al chino de pronto pensé en el pollo rojo que me habían servido. Antes de poder decir nada, por la puerta de hierro oí que llegaban más personas (más chinos). Aquella primera misión que prometía ser sencilla dos minutos atrás, se había convertido en una especie de trampa en la que me había metido como un tonto...
¿Cómo se dirá en chino "vengo en son de paz"? -pensé absurdamente.
