Como me convertí en un chino III
En todas las grandes ciudades hay inevitablemente un barrio chino. Pero yo siempre había tenido
la sensación de que todo aquello que un visitante puede ver, no es más que una simple fachada.
Todos esos restaurantes, esas tiendas, todo ese gentío se me aparecía siempre como un decorado,
o una representación. Si quería averiguar algo de verdad, tendría que dar un paso más allá
y conseguir de alguna manera (no sabía cómo) traspasar esa barrera y poder acceder a esa
otra parte del barrio, a las callejuelas y a las viviendas de los chinos. Claro que para
poder dar ese paso no había más puerta de entrada que los comercios, así que debía ingeniarme
una manera de franquear esa barrera y entrar en la otra zona, la prohibida.De pronto, cuando
ya empezaba a acercarme al barrio, me dí cuenta de que estaba nervioso, como si temiera
ser descubierto, pero ¿descubierto haciendo qué? No era más que un cliente más en un mar
de gente, y seguramente mi visita sería una más que pasaría inadvertida.
Si en ese momento alguien me hubiera preguntado qué quería investigar, no hubiera sabido
muy bien que responder. Yo había leído hacía muchos años un libro en que un occidental ha-
blaba de los chinos y su cultura milenaria. Me habían fascinado tantas cosas que había
copiado en unas hojas partes de aquel libro donde por ejemplo se decía que los chinos tienen
como número sagrado el nueve, que la religión primitiva tenía nueve cielos, y que las
divisiones del tiempo y el espacio se basan siempre sobre el citado número. Había leído
sobre los entierros chinos, sobre la importancia que le daban, y de como las familias lle-
gaban a endeudarse de por vida para pagar unos funerales. Quizás, de entre todo lo que había
averiguado, dos cosas fueron las que más me impactaron. Primero, que China era un país
de geomantes, especie de adivinos que en contacto con los dioses determinan en que orien-
tación o lugar debe construirse una casa o un edificio. Antes de levantar una sola piedra
se recurre a la ciencia geomántica, algo así como una consulta al más allá en busca de
aprovación. Además de eso, quedé admirado por la escritura china. La gran sabiduría imperial
consistía en conocer el mayor número de palabras posibles y todas las reglas de una
complicadísima etiqueta. La escritura china, que es ideológica, no tiene letras sueltas;
cada signo es una palabra, y la sabiduría consiste en poder guardar en la memoria la mayor
cantidad posible, y tener todas esas palabras listas para ser dibujadas con un pincel.
De toda aquella cultura milenaria,
¿Qué quedaba hoy en día?
¿Tenían algo que ver estos chinos modernos con aquellos que yo admiraba de los libros?
Aparentemente no.
Pero yo nunca me fiaba de las apariencias,
mucho menos tratandose de chinos.
Elejí un restaurante al azar.
Se llamaba El Gran Dragón.
Me senté en una mesa discreta y esperé a que me atendieran...
