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La Coctelera

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12 Noviembre 2009

Como me convertí en un chino IV

   

El Gran Dragón era un restaurante más de entre los infinitos que puede haber en una gran ciudad. Grandes leones dorados presidiendo la entrada. Un cartel con el nombre inmenso en español y en chino. Todo coronado con una arquitectura de pagoda acartonada, como si fuera el decorado de una pelicula, osea: falso. Dentro del enorme espacio, muchísimas mesas todas iguales, perfectamente alineadas y preparadas. Un aroma extraño e indefinible que en nada recuerda a la comida. Una iluminacion tenue, un hilo musical muy suave y por supuesto unos adornos horribles donde inevitablemente había una cascadita de agua (eléctrica) con su rumor relajante. Me acomodé en una de las mesas y en escasos segundos ya tenia a una china al lado dándome las buenas noches. La observé con ojos cientificos. Pero no descubrí nada. Era sólo una china, jóven, discreta, elegante a su manera, una china como cualquier otra. Tratando de prolongar lo más posible la conversacion que estaba a punto de empezar, le dije que no estaba seguro de lo que iba a pedir. Así se vería obligada a hablarme. La china -sin dejar de sonreir- torció el gesto -imperceptiblemente- y me puso delante la carta escrita no sólo en español y chino, sino también en inglés. Abrio una libretita (china, seguramente) y se dispuso a tomar nota. La primera parte de mi plan se venía abajo, así que no tuve más remedio que elegir casi al azar. La china tomo nota, dijo "glacias" y desapareció detrás de una cortina sin hacer casi ruido al andar. En aquel restaurante tan grande, yo practicamente estaba sólo. En el otro extremo de la sala había una pareja de ancianos que si no miraba uno con atención podían confundirse con estatuas. Estaban tan lejos que ni siquiera podia distinguir si eran chinos. Un poco más cerca, un chino gordo y con cara de funcionario público comía sin prestar atención a nada mientras leía una pequeña libreta. Casi sin haberla oído, reapareció la china y me puso delante un cuenco con una sopa humeante. Tenía un aspecto repugnante, y la china se había quedado de pie frente a mí como esperando que la probara. El humo de la sopa subío hasta mi cara y empaño por un momento mis gafas. Supuse que aquello formaba parte de la cultura china así que hundí la cuchara en el mejunje y lo probé. Era espantoso. Además de estar casi hirviendo, aquello tenía un sabor horrible. Por un momento pasaron por mi cabeza palabras como sopa de aleta de tiburón, sopa agria y picante, sopa wan fun...platos que recordaba haber leído en la carta. Tragué como pude aquella cucharada y levante la vista. La china seguía rígida observandomé, pero yo calculé que lo mismo podía haber estado sonriendo un momento antes de que la mirara y volver a su aparente indiferencia antes de que nuestras miradas se encontraran. Si los platos que seguirían a ese serian igual de espantosos, al menos no iba a arriesgarme a tener que beber además algo típico -y seguramente asqueroso-, así que mirándola fijamente le dije: "Quiero una Coca-Cola." La china pareció dar un respingo, como si le hubiese picado una abeja, pero sin decir nada volvió a marcharse a traves de una cortina por otra puerta secundaria en la que no había reparado al entrar. Seguramente las bebidas estaban en ese otro cuarto y no en la cocina, pensé. Mientras trazaba mentalmente la geografía de aquel sitio, me comí aquella sopa hasta donde pude, una cucharada antes de vomitar. Los comensales de las otras mesas seguían igual de ajenos a mi como si yo no existiera. El restaurante tenía una sola entrada, y una vez dentro solo había dos salidas; hacia la cocina, y hacia el cuarto donde la china había ido a por la bebida. Cuando regresó, puso delante de mí una Coca-Cola de cristal, una de esas botellas modernas que imitan el envase original, pero que son casi una miniatura. Uno de esos productos engañosos que siempre me ponían de mal humor. No dije nada. De alguna manera entre la china y yo se había creado una corriente de hostilidad y yo no quería acentuarla. Entre todo aquel protocolo educado yo parecía percibir que la china no confiaba en mí. Lo cual sería lógico percibir ya que yo no confiaba tampoco en ella. Sea como fuese, la china dejó la bebida (que me bebí de un trago) y volvió a salir rumbo a la cocina. Me dí cuenta de que aquella sopa (que aún estaba delante de mí) me estaba provocando mucha sed. Entonces comprendí que no era que me había quemado la temperatura sino los ingredientes picantes que llevaba. Por eso la china se había quedado delante de mí esperando ver mi cara: disfrutando de mi ridiculo. Mi primera misión como investigador estaba siendo un fracaso. Estaba comiendo cosas incomibles, una china se reía de mí en mi cara y empezaba a sudar a causa de la sed y el estomago revuelto. Pero no estaba dispuesto a darme por vencido. Cuando la china regresó con una fuente, me puse de pie y le pregunté donde estaba el aseo. Me señaló la misma cortina por donde se había ido a por la Coca-Cola. Eso era perfecto, me daba la excusa para investigar un poco más aquella parte del salón. Pasé a traves de la cortina, pero antes de alejarme, observé a la china. Dejó la fuente en mi mesa, preguntó algo al funcionario y la ví desaparecer nuevamente. Detrás de la cortina había un pasillo no muy largo, pero bastante oscuro. A unos pocos metros a la derecha encontré una puerta por donde se acccedía a los aseos, pero en vez de girar, seguí por el pasillo hasta su final y llegué a una puerta de cristales muy sucios que daba a un de patio o jardín. Me asomé por el cristal, pero no pude distinguir casi nada concreto mas que plantas y matorrales, sin embargo, en el fondo de aquel patio se recortaba a contraluz la figura de algo cubierto con una lona, algo grande como un coche, al lado de una especie de cobertizo. Hubiese querido ir en ese mismo momento hacia allí, pero supuse que ya llevaba muchos minutos fuera de la mesa y decidí volver. En mi sitio me esperaba una fuente con tapa que abrí con lentitud y hasta con miedo. Horrorizado, vi una El Gran Dragón era un restaurante más de entre los infinitos que puede haber en una gran ciudad. Grandes leones dorados presidiendo la entrada. Un cartel con el nombre inmenso en español y en chino. Todo coronado con una arquitecturade pagoda acartonada, como si fuera el decorado de una pelicula, osea: falso. Dentro del enorme espacio, muchísimas mesas todas iguales, perfectamente alineadas y preparadas. Un aroma extraño e indefinible que en nada recuerda a la comida. Una iluminacion tenue, un hilo musical muy suave y por supuesto unos adornos horribles donde inevitablemente había una cascadita de agua (eléctrica) con su rumor relajante. Me acomodé en una de las mesas y en escasos segundos ya tenia a una china al lado dándome las buenas noches. La observé con ojos cientificos. Pero no descubrí nada. Era sólo una china, jóven, discreta, elegante a su manera, una china como cualquier otra. Tratando de prolongar lo más posible la conversacion que estaba a punto de empezar, le dije que no estaba seguro de lo que iba a pedir. Así se vería obligada a hablarme. La china -sin dejar de sonreir- torció el gesto -imperceptiblemente- y me puso delante la carta escrita no sólo en español y chino, sino también en inglés. Abrio una libretita (china, seguramente) y se dispuso a tomar nota. La primera parte de mi plan se venía abajo, así que no tuve más remedio que elegir casi al azar. La china tomo nota, dijo "glacias" y desapareció detrás de una cortina sin hacer casi ruido al andar. En aquel restaurante tan grande, yo practicamente estaba sólo. En el otro extremo de la sala había una pareja de ancianos que si no miraba uno con atención podían confundirse con estatuas. Estaban tan lejos que ni siquiera podia distinguir si eran chinos. Un poco más cerca, un chino gordo y con cara de funcionario público comía sin prestar atención a nada mientras leía una pequeña libreta. Casi sin haberla oído, reapareció la china y me puso delante un cuenco con una sopa humeante. Tenía un aspecto repugnante, y la china se había quedado de pie frente a mí como esperando que la probara. El humo de la sopa subío hasta mi cara y empaño por un momento mis gafas. Supuse que aquello formaba parte de la cultura china así que hundí la cuchara en el mejunje y lo probé. Era espantoso. Además de estar casi hirviendo, aquello tenía un sabor horrible. Por un momento pasaron por mi cabeza palabras como sopa de aleta de tiburón, sopa agria y picante, sopa wan fun...platos que recordaba haber leído en la carta. Tragué como pude aquella cucharada y levante la vista. La china seguía rígida observandomé, pero yo calculé que lo mismo podía haber estado sonriendo un momento antes de que la mirara y volver a su aparente indiferencia antes de que nuestras miradas se encontraran. Si los platos que seguirían a ese serian igual de espantosos, al menos no iba a arriesgarme a tener que beber además algo típico -y seguramente asqueroso-, así que mirándola fijamente le dije: "Quiero una Coca-Cola." La china pareció dar un respingo, como si le hubiese picado una abeja, pero sin decir nada volvió a marcharse a traves de una cortina por otra puerta secundaria en la que no había reparado al entrar. Seguramente las bebidas estaban en ese otro cuarto y no en la cocina, pensé. Mientras trazaba mentalmente la geografía de aquel sitio, me comí aquella sopa hasta donde pude, una cucharada antes de vomitar. Los comensales de las otras mesas seguían igual de ajenos a mi como si yo no existiera. El restaurante tenía una sola entrada, y una vez dentro solo había dos salidas; hacia la cocina, y hacia el cuarto donde la china había ido a por la bebida. Cuando regresó, puso delante de mí una Coca-Cola de cristal, una de esas botellas modernas que imitan el envase original, pero que son casi una miniatura. Uno de esos productos engañosos que siempre me ponían de mal humor. No dije nada. De alguna manera entre la china y yo se había creado una corriente de hostilidad y yo no quería acentuarla. Entre todo aquel protocolo educado yo parecía percibir que la china no confiaba en mí. Lo cual sería lógico percibir ya que yo no confiaba tampoco en ella. Sea como fuese, la china dejó la bebida (que me bebí de un trago) y volvió a salir rumbo a la cocina. Me dí cuenta de que aquella sopa (que aún estaba delante de mí) me estaba provocando mucha sed. Entonces comprendí que no era que me había quemado la temperatura sino los ingredientes picantes que llevaba. Por eso la china se había quedado delante de mí esperando ver mi cara: disfrutando de mi ridiculo. Mi primera misión como investigador estaba siendo un fracaso. Estaba comiendo cosas incomibles, una china se reía de mí en mi cara y empezaba a sudar a causa de la sed y el estomago revuelto. Pero no estaba dispuesto a darme por vencido. Cuando la china regresó con una fuente, me puse de pie y le pregunté donde estaba el aseo. Me señaló la misma cortina por donde se había ido a por la Coca-Cola. Eso era perfecto, me daba la excusa para investigar un poco más aquella parte del salón. Pasé a traves de la cortina, pero antes de alejarme, observé a la china. Dejó la fuente en mi mesa, preguntó algo al funcionario y la ví desaparecer nuevamente. Detrás de la cortina había un pasillo no muy largo, pero bastante oscuro. A unos pocos metros a la derecha encontré una puerta por donde se acccedía a los aseos, pero en vez de girar, seguí por el pasillo hasta su final y llegué a una puerta de cristales muy sucios que daba a un de patio o jardín. Me asomé por el cristal, pero no pude distinguir casi nada concreto mas que plantas y matorrales, sin embargo, en el fondo de aquel patio se recortaba a contraluz la figura de algo cubierto con una lona, algo grande como un coche, al lado de una especie de cobertizo. Hubiese querido ir en ese mismo momento hacia allí, pero supuse que ya llevaba muchos minutos fuera de la mesa y decidí volver. En mi sitio me esperaba una fuente con tapa que abrí con lentitud y hasta con miedo. Horrorizado, vi una especie de pollo en miniatura cubierto de una salsa gelatinosa de color casi rojo. Con la determinación de los verdaderos investigadores, probé un bocado de aquello. Era agridulce, pero también picante. La textura de la salsa era como la grasa. La carne acartonada y seca. Tragué como pude y la china volvió a aparecer. Traía unas setas mezcladas con verduras. Era todo hervido sin más, pero me lo comí como si fuera un manjar que me haría olvidar aquella sopa y aquel pollo pintado de rojo. Aquellas verduras me infundieron nuevos ánimos. Allí el tiempo pasaba lentamente y nadie prestaba atención a nada. De hecho, hasta la propia cocina del restaurante sonaba silenciosa, como si allí sólo hubiese un viejo cocinero trabajando. Decidí volver al pasillo y ver que había en aquel patio, y necesitaba disponer de algún tiempo para hacerlo. Cuando la china apareció otra vez, el chino solitario pagó su cuenta y se marchó. Los viejos del otro extremo seguían momificados. La llamé y le pregunté qué podía tomar de postre (ni siquiera sabía si los chinos toman postre), ella se limitó otra vez a abrir la carta y yo elejí (sin mirar) un postre al azar. Para disponer de más tiempo, le dije que también tomaría un té. "Algo especial" -dije- con la intención de tenerla más tiempo ocupada en preparar lo que le pedía. La china, siempre con la misma expresión (algo que no llegaba a ser una sonrisa) volvió a marcharse tras las cortinas. Antes de desaparecer yo había ideado una coartada: me había manchado a proposito una manga de la camisa con la salsa roja, y había dejado que ella la viera. Por gestos le habia dicho que no era nada, que me limpiaría en el aseo mientras preparaban el té. En cuanto desapareció de mi vista, salí casi corriendo hacia el pasillo. Los viejos ni siquiera me miraron. Me interné por el pasillo y volví hasta la puerta del fondo. Era un puerta vieja, de metal, y con pequeños cristales cuadrados en su mitad superior. Tenía un pasador de hierro muy tosco y grande. No tenía candado, cerradura, ni cadena alguna. Intenté moverlo y a pesar de lo viejo que parecía, cedío muy facilmente. La puerta estaba abierta y sólo quedaba empujarla. Lo hice con cuidado infinito y di un paso hacia aquel jardin. Tardé unos momentos en acostumbrarme a aquella oscuridad. Cuando empecé a distinguir algo, avancé hacía aquella forma que había visto antes. Al acercarme, distinguí mejor el cobertizo que había al lado. ¿qué podría haber allí dentro?¿herramientas?¿Para que quieren herramientas en un restaurante? Pensaba esto lo más rapido que podia mientras calculaba mentalmente lo que podía tardar un chino en preparar un té. El agua hirviendo, dejarlo reposar, servirlo en un vaso elegante...calculé que aún tendría unos minutos y abrí la puerta del covertizo. Cuando miré dentro estuve a punto de gritar: varias figuras inmóviles me miraban. Algunas vestidas, otras sin ropa. Un segundo antes de salir corriendo me di cuenta de que eran maniquies. El corazón me latía desenfrenado. Unos simples maniquies me habían puestoal borde del espanto, pero reflexioné rápido, y pensé que a pesar del susto, había logrado controlarme, no me había delatado. En un momento volvería a la mesa, tomaría mi té, pagaría mi cuenta y me iría tranquilamente de allí sin que los chinos se hubiesen dado cuentade que me había colado en aquel extraño patio donde escondían maniquies...

Entonces ocurrió lo impensable.                                                                                                                                            

Un viento repentino barrió aquel patio y un remolino de hojas se agitó. Un segundo después, la puerta de hierro, que había dejado completamente abierta para una salida rápida, se cerró con un estrépito descomunal. Se oyeron cristales rotos en el medio de un gong terrible. Pensé en salir corriendo de aquel lugar antes de que nadie me viese allí. Si actuaba rápido no sería descubierto, pero de detrás del cobertizo -sin que yo supiera cómo- apareció un chino. Me quedé paralizado. Veía apenas su figura a contraluz, pero sus ojos brillaban en la oscuridad. No decía nada, pero incluso sin hablar parecía decirme: te hemos descubierto. El miedo suele hacer reaccionar a la gente de manera muy distintas. Frente al chino de pronto pensé en el pollo rojo que me habían servido. Antes de poder decir nada, por la puerta de hierro oí que llegaban más personas (más chinos). Aquella primera misión que prometía ser sencilla dos minutos atrás, se había convertido en una especie de trampa en la que me había metido como un tonto...

¿Cómo se dirá en chino "vengo en son de paz"?  -pensé absurdamente.

 

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10 Octubre 2009

Como me convertí en un chino III

 
  En todas las grandes ciudades hay inevitablemente un barrio chino. Pero yo siempre había tenido
la sensación de que todo aquello que un visitante puede ver, no es más que una simple fachada.
Todos esos restaurantes, esas tiendas, todo ese gentío se me aparecía siempre como un decorado,
o una representación. Si quería averiguar algo de verdad, tendría que dar un paso más allá
y conseguir de alguna manera (no sabía cómo) traspasar esa barrera y poder acceder a esa
otra parte del barrio, a las callejuelas y a las viviendas de los chinos. Claro que para
poder dar ese paso no había más puerta de entrada que los comercios, así que debía ingeniarme
una manera de franquear esa barrera y entrar en la otra zona, la prohibida.De pronto, cuando
ya empezaba a acercarme al barrio, me dí cuenta de que estaba nervioso, como si temiera
ser descubierto, pero ¿descubierto haciendo qué? No era más que un cliente más en un mar
de gente, y seguramente mi visita sería una más que pasaría inadvertida.
  Si en ese momento alguien me hubiera preguntado qué quería investigar, no hubiera sabido
muy bien que responder. Yo había leído hacía muchos años un libro en que un occidental ha-
blaba de los chinos y su cultura milenaria. Me habían fascinado tantas cosas que había
copiado en unas hojas partes de aquel libro donde por ejemplo se decía que los chinos tienen
como número sagrado el nueve, que la religión primitiva tenía nueve cielos, y que las
divisiones del tiempo y el espacio se basan siempre sobre el citado número. Había leído
sobre los entierros chinos, sobre la importancia que le daban, y de como las familias lle-
gaban a endeudarse de por vida para pagar unos funerales. Quizás, de entre todo lo que había
averiguado, dos cosas fueron las que más me impactaron. Primero, que China era un país
de geomantes, especie de adivinos que en contacto con los dioses determinan en que orien-
tación o lugar debe construirse una casa o un edificio. Antes de levantar una sola piedra
se recurre a la ciencia geomántica, algo así como una consulta al más allá en busca de
aprovación. Además de eso, quedé admirado por la escritura china. La gran sabiduría imperial
consistía en conocer el mayor número de palabras posibles y todas las reglas de una
complicadísima etiqueta. La escritura china, que es ideológica, no tiene letras sueltas;
cada signo es una palabra, y la sabiduría consiste en poder guardar en la memoria la mayor
cantidad posible, y tener todas esas palabras listas para ser dibujadas con un pincel.
  De toda aquella cultura milenaria,
  ¿Qué quedaba hoy en día?
  ¿Tenían algo que ver estos chinos modernos con aquellos que yo admiraba de los libros?
  Aparentemente no.
  Pero yo nunca me fiaba de las apariencias,
  mucho menos tratandose de chinos.

  Elejí un restaurante al azar.
  Se llamaba El Gran Dragón.
  Me senté en una mesa discreta y esperé a que me atendieran...

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28 Septiembre 2009

Como me convertí en un chino II

 

 

Mientras iba hacia el barrio de los chinos (en aquella que fue después mi primera "misión"), evidentemente iba preparandome  para lo que me habia propuesto. Por eso repasé mis breves y anteriores encuentros con chinos para estar prevenido. Ya sabía que son muy desconfiados, pero no hay que confundir desconfianza con vigilancia. Aparentemente, los chinos lo unico que hacen es trabajar, con lo cual es casi normal que siempre esten pendientes de vigilar sus productos. Yo creo que los chinos dividen el mundo en solo dos clases de personas: compradores y no compradores. A los no compradores se los vigila de cerca. No importa donde este uno, en el último rincon de una tienda inmensa siempre habra un chino vigilando aunque sea observando a traves de un espejo. No importa lo que estés buscando, si tú no lo encuentras, el chino (salido siempre de no se sabe donde) rapidamente te dira que lo tiene y te lo traera en pocos segundos. De las pocas personas que sabían de mis investigaciones, Gerardo ya me había contado la anécdota del chimichurri, que un chino hizo aparecer casi por arte de magia. Mi amigo (en una acción muy temeraria) había ido a comprar chimichurri a una tienda china. Después de buscar sin éxito por todo el local, y cuando estaba a punto de desistir, un chino nervioso, gesticulando como un loco salió de la trastienda con el famoso condimento argentino...

De aquella información se podía deducir que los chinos siempre tienen de todo.

Me enfrentaba a sujetos infalibles, pensé.

Mientras caminaba, nervioso, iba repasando mentalmente todo lo que creía saber sobre los chinos...

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25 Septiembre 2009

Sueño que diluvia.

 

  Noche de pesadilla. Sueño con una ciudad desierta cubierta por la lluvia. Busco desesperadamente a alguien, pero las calles están vacias. Difuminada por la lluvia distingo la silueta de un cojo. Intento correr para alcanzarlo pero el agua baja por las calles con fuerza y no consigo apenas avanzar. Desesperado, empiezo a golpear puertas, pero nadie contesta. Mis gritos apenas se oyen por el ruido de la tormenta. En medio del caos, solo atino a pensar en el cojo, inexplicablemente más hábil que yo para ponerse a salvo...

  Esa mañana decido no ir a trabajar. Paso la mayor parte del día observando oculto tras las cortinas que porcentaje de cojos pasan por la acera. Resultados sorprendentes: más de treinta cojos en los primeros cientocincuenta contabilizados. Pienso otra vez en las lineas de E.: "un ciego hablará en público, un cojo nunca". Eso habla de niveles, de una especie de jerarquía, donde los cojos estarían por encima en una escala de peligrosidad (un cojo quieto puede ocultar muy bien su defecto....aunque tambien un ciego puede ocultar su ceguera). Repaso en mi memoria algunos hechos aislados: el cojito que vive del cuento fingiendo su cojera, el cojo radical que se enfrenta a los policias a muletazo limpio, el sinpiernas que sube al tren mendigando con su chaqueta de guerra, aquel español que conocí que sin una pierna conducia una furgoneta dandole a los pedales con la muleta, otro sinpiernas en Asunción, la ciudad más asquerosa del mundo, embutido en un carrito con rueditas...

 

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21 Septiembre 2009

Yo luchaba contra un lapiz.

Yo luchaba contra un lapiz.
Un lapiz de mala calidad al que era imposible
sacarle punta.
"me gustan los lápices bien afilados", penso R.
pero ni el filo extremo de su navaja podía
con aquel lápiz de mierda.
¿Para qué necesitaba R. aquel lapiz?
Es difícil contestar esta pregunta...
Lo mismo era para tachar palabras
escritas por error o para escribir
otras nuevas.
Por algún motivo esa mañana R. había tenido
una visión.
Mejor dicho: habían venido una palabras a su mente.
R. se había encontrado con E.en el bar de costumbre.
Un bar de amigos casi siempre con muy pocos clientes.
E. llegó puntual y los dos entraron y pidieron
a la camarera unas bebidas. De pronto E. fue un momento
a la calle y R. se quedó sólo. Justo en ese momento,
entraron en el bar unas treinta personas. Un grupo
de profesores y alumnos de un instituto cercano.
El bar, siempre tranquilo, se convirtió de pronto
en un hervidero de gente que pedía desayunos, bebidas,
comida...
R. se vío rodeado de marcianos.
"marcianos perfumados", pensó, y salió a la calle.
E. ya había vuelto, y enterado de la situación,decidió
(por los dos) que desayunarian en la calle...

Mientras fumaba, R, seguía pensando en los

        marcianos perfumados

pensando si en algún relato de ciencia ficcion
a alguien se le habría ocurrido la idea
de unos marcianos que confundidos entre
los terraqueos, sólo podrían ser descubiertos
a través del olfato...

Seguramente si, pero aún así,
con el lapiz al que finalmente
pudo afilar,
escribió:

            marcianos perfumados...

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28 Octubre 2007

ME ESTAN VIGILANDO

pOR eso no he escrito más. un compás de espera antes de iniciar las investigaciones pertinentes...

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8 Octubre 2007

COMO ME CONVERTI EN UN CHINO

Yo antes no era chino. Ni siquiera era capaz de distinguir un chino de un japonés. Para mi un chino era como una hormiga: una especie numerosa y un poco aburrida. De toda mi infancia sólo recuerdo a un chino que tenia una lavanderia cerca de la casa de mi abuela. Yo (yo niño) seguramente pensaría que los chinos tendrían alguna habilidad especial para lavar la ropa. Pero eso pasó hace mucho tiempo y en la actualidad, casi en cualquier ciudad del mundo, los chinos están presentes, medio escondidos, medio agazapados y forman una multitud silenciosa. Tiendas de chinos (evidentemente) y restaurantes son las dos actividades donde se desenvuelven. Mi naturaleza de investigador me llevó a interesarme por sus costumbres y por sus misterios. Unos misterios que eran para mi algo más que los tópicos habituales. Yo nunca me creí esas tapaderas imposibles de los restaurantes gigantes (siempre vacios), así que un buen día me decidí a investigarlos a fondo como si yo fuese un cientifico y ellos un microbio.
El primer problema con un chino es que habla chino. Da igual que hable español o inglés, la música de ese idioma permanece más allá del lenguaJE que usen y algunas consonantes NUNCA terminan de aprender a pronunciarlas. Por lo tanto, para entenderse con un chino es fundamental estar alerta para captar que es lo que quiso decir. Como si esto no fuera suficiente, los chinos hablan muy poco. Entre ellos hablan constantemente, pero con los que no son chinos apenas cruzan las palabras justas para venderte chop sui (en EL GRAN RESTAURANTE CHINO SHANGAI) o una caña de pescar (en la pequeña tienda SHANGAI). Así que tuve que ingeniarmelas para entrar en contacto con ellos. Decidí una primera aproximación de reconocimiento. Me duché y me puse ropa limpia y decidí ir de compras a las tiendas de los chinos y también ir a cenar a uno de sus restaurantes. Era invierno y hacía bastante frío, pero a los chinos el tiempo mientras no se trate de catastrofes gigantescas les trae sin cuidado y las tiendas estarían abiertas como cada día del año...

Tags: como, me, converti, chino

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