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Terra
La Coctelera

Era inevitable.

http://www.youtube.com/watch?v=Zmyjry2aJ2A&feature=related

Era inevitable.

  Voy al concierto de Los Coronas.          

  Con las mismas expectativas que siempre: inyección de surf, violas ardientes, gente entregada, maremotos sonoros.

  Y todo es tal cual lo he imaginado.

  Todo excepto que -a mitad de concierto- la Fender se toma un descanso y aparece ante mis ojos otra vez una Duesenberg.  Tan cerca, que mis primeros pensamientos son aprovechar la cercanía y ROBARLA, pero los guitarristas nunca pierden de vista sus guitarras...

 Definitivamente, algo tienen estas guitarras conmigo.

 Me están buscando.

 No dejan de perseguirme.

 Despierto y en sueños.         

 Es como si me persiguieran unas musas que adoptan distintos colores, distintas formas, distintos sonidos...

 Sólo quiero saber cuando me alcanzarán.

 Estoy listo para jurarles amor eterno.

                                                                  

Ella me persigue.

De pronto me empiezan a perseguir guitarras Duesenberg...
Todo empezó con el video de Adol-Fito.
Ahí ví la primera.
¿Qué marca que empieza con D era esa?
¿Danelcro?
¿Dunlop?
¿Dios?
Era Duesenberg **
El guitarrista de Tito & Tarántulas toca otra...
Investigo y mil violeros las usan.
Entonces SUEÑO
Y estoy en una tienda de música
El vendedor me dice:
Lo que Usted necesita es una guitarra Duesenberg
Y yo le contesto:
Estoy convencido de que lo que necesito es una guitarra Duesenberg,
Pero en el siguiente fotograma (del sueño)
Estoy en las cataratas del Níagara
Inmediatamente
PIENSO
Aquí hay demasiada humedad para mi flamante guitarra Duesenberg
Cuando me DESPIERTO
Ni tengo la guitarra Duesenberg
Ni tengo nada.
Además me entra la nostalgia porque me había acostumbrado a las cataratas del Níagara.
Salgo a la calle.
La guitarra Duesenberg sigue en mis pensamientos como una telaraña.
Entro en un bar y pido una ginebra.
¿Qué asco de ginebra es ésta?
Le digo al camarero.
Es una marca nueva, se llama Duesenberg.
Salgo corriendo del bar (sin pagar la ginebra Duesenberg).
Voy al médico.
Me mira raro.
Sin que le diga nada dice:
Esto es un caso de Duesenbergmania.
Salgo corriendo de la consulta.
Atravieso el centro poseído por la Duesenbergmania.
Me voy al puerto a ver barcos.
Me tranquilizo.
Pienso en las bodegas de los barcos llenas de guitarras Duesenberg.
Vuelvo a estar nervioso.
Si no puedo conseguir una guitarra Duesenberg no voy a tener más remedio que construírmela yo mismo.
Soy optimista durante veinte segundos.
Ni soy carpintero
Ni sé electrónica
Ni soy luthier
Ni soy alemán.
Si quisiera construir una guitarra Duesenberg
Seguramente
Terminaría construyendo una silla.

De día y de noche pienso en la guitarra Duesenberg.
Pienso tanto que llego a la conclusión de que quizás yo no merezca tener una.
Soy uno de los PEORES guitarristas del mundo.
Soy un descuidado.
Mi vieja Yamaha tiene rayones, muescas, golpes, oxido, mugre.
Es un milagro que siempre funcione.
Si tuviera una guitarra Duesenberg quizás cambiaría.
Sería más cuidadoso.
Tocaría la guitarra Duesenberg afeitado y después de ducharme.
Limpiaría la viola después de tocar.
La guardaría en su estuche Duesenberg.
La mimaría como a un bebé.
(me tengo que comprar una gorra que ponga Duesenberg en azul, a juego con la guitarra)
Luego pienso que la guitarra Duesenberg podría cambiar mi personalidad, pero estoy dispuesto a correr ese riesgo.

Abandono el puerto y vuelvo a casa.
Pienso cosas absurdas.
Concursos donde el premio es una guitarra Duesenberg,
o que entro en una tienda de música y soy el cliente diez millones (me regalan una guitarra Duesenberg),
o que secuestro al director de mi banco y por teléfono exijo de rescate una guitarra (Duesenberg modelo treinta aniversario),
o que un pariente lejano y desconocido me ha dejado de herencia una guitarra Duesenberg...

Me hago un mate cocido.
Inmediatamente pienso:
¿cómo quedaría la guitarra Duesenberg color mate cocido?
Seguro que joya.
Me voy a dormir.
Sueño que estoy soñando.
Vuelvo a ver al vendedor de la tienda.
Me habla en alemán.
El vendedor de la tienda de música es Hermann Hesse, que, levantando apenas la mirada, me dice:
"Sólo me queda esta guitarra para vender".
Miro su mesa de trabajo y Hermann está poniendo la última cuerda a la guitarra Duesenberg .
Atónito, pregunto:
¿Usted sabía que yo iba a venir?
Hermann guarda la guitarra en su estuche y me dice:
"Los que son capaces de soñar que sueñan, abren un círculo dentro del círculo, amigo. Yo no sabía que Usted iba a venir... lo sabía la guitarra."

CRR / febrero del año Dusenberg

Pagarán por mi montaña.

  

              

Ya llevo dos años seguidos en la montaña. Incluso podría contar otros dos anteriores en los que intermitentemente también he estado rodando por rutas parecidas. En realidad, ha sido una decisión personal, ya que si quisiera podría conseguir una ruta en Alicante, donde haría menos kilómetros, pero dentro de la ciudad. Siempre he preferido rutas largas y perdidas (difíciles) en donde el sentido de las palabras tiempo, prisa, urgencia, tienen un significado muy distinto al que le asignan en la ciudad. Salgo de Alicante sobre las siete y media rumbo al norte, por la autovía que va para Benidorm. El sol lo veo salir cuando llego al trabajo, con decorados industriales entre los que destacan dos enormes chimeneas de una fabrica de ladrillos que son clavadas a la tapa de Animals (solo falta el chancho volando). Cuando tiro por la autovía tengo unas cuantas postales privilegiadas del Mediterráneo (desde la altura de la carretera que corre paralela al mar). A veces el mar es de plata, otras es de oro, otras es de un color que no se ni decir cual es. Al cabo del día hago unos 340 kilómetros, de los cuales cien son la ida y cien la vuelta. Tengo el servicio de valijas de banco de unos diez pueblos, más algo de paquetería. Entre estos pueblos hay dos que están realmente perdidos. Uno es Fleix, al que se llega subiendo por el Vall de Laguar. Es una subida breve pero muy pronunciada. La carretera literalmente se abre a través de un hueco en el verde. El Vall de Laguar queda a un costado y es ciertamente impresionante. El otro pueblo perdido es Benialí. Allí se llega atravesando el Vall de la Gallinera. Aquí la subida no es muy pronunciada, pero es larguísima (11 km) y a diferencia del otro valle aquí vas por dentro, un valle por momentos muy estrecho rodeado de muros de piedra de mas de doscientos metros, con rocas en lo alto a veces suspendidas en unos equilibrios imposibles. Hay otro valle, el Vall de Ebo, donde muy ocasionalmente me toca subir, que es el más alto de todos, pero es tan empinada la subida y tan terrible la bajada que el propio temor te impide disfrutar de los paisajes.

  Toda esta orografía se ve potenciada por unos bosques alucinantes, inmensos, árboles por todas partes, creciendo en laderas imposibles, en rocas, en casas abandonadas. Aquí es una zona en donde las lluvias son muy fuertes y copiosas, verdaderas trombas, y un poco todo está hecho al capricho del agua, desde los paisajes hasta los pueblos. Tal cual es mi trabajo, paso dos veces al día por los mismos sitios, así que de alguna manera soy un observador metódico y puntual. Voy tomando notas mentales, marcando sitios, identificando nidos, pájaros, cuevas, casas derruidas, flores...y cuando tengo claro que tengo algo bien "estudiado" me bajo con la cámara y disparo.

                                                                                                                (2004)

    

Innumerables variedades de la vida orgánica -estrellas, cálices y campanillas, formas irregulares llenaban el aire soleado con aroma seco- surgían de la hierva de las vertientes y las extensiones de los pastos, con glicinas y pensamientos silvestres de gran variedad, belloritas, margaritas, prímulas amarillas y rojas, mucho más bellas y grandes que las que Hans Castorp había visto en la llanura...

 

Breve historia verídica. I

   

            

 

  El borracho cayó al suelo.

  Inmediatamente,

                                torció el cuello

                                 y

                                  enderezó la cabeza.

 

 "Estoy bien, estoy bien...", dijo.

  Luego miró alrededor y se desmayó.

(la banda tocaba una música diabólica)

Las cosas habituales.

 

Estaban ocurriendo las cosas habituales: devorar un libro con avidez, leído en minutos robados al amanecer (la historia de un viaje en un hidroavión), y de ahí (concluido el vuelo) leer de un tirón Escritos de un Salvaje, de Paul Gauguin, que fue una de los primeros libros que me compré al llegar a Europa (yo había llegado hacía mucho en realidad). Un perro ladra en mi interior. Su ladrido me lleva hasta Henry Miller: leo -también de un tirón- Primavera Negra. Vuelvo a estamparme literalmente contra esas primeras cinco o seis hojas iniciales que siempre me hacen admirar la fuerza de un tipo que habla de cosas verdaderas, tangibles, brutales. Todo esto ocurre con fondo de una cinta que guarda un concierto de los Who. Viejos ratones del tiempo. Todo esto contribuye a inyectar en mi cabeza algo así como puentes que me deberían llevar a algún lugar. Y ese lugar a veces se convierte en cualquier cosa: falsifico una carta para I., hago una versión imposible de Working Class Hero (cantando en la ducha), la olvido, reencuentro algunos escritos perdidos de la novela imposible, limpio la guitarra, le quito las cuerdas oxidadas y le pongo otras también oxidadas (pero menos), revuelvo los papeles, dejo marcas en los libros, quiero hablar con todos pero no quiero hablar con nadie.

 

  El tiempo es helado.

  Hay nieve, viento, bosques quemados, bufandas, mi vieja chaqueta india de lana...

  No entro en calor del todo hasta que la guitarra de Pappo hace temblar la furgoneta rumbo al trabajo (sale el sol).

  Subo las montañas, mis viejas amigas.

  Vigilo las casas en ruinas, atento a cualquier derrumbe.

  Salta una liebre detrás de un árbol.

  Llevo la cámara encima siempre, pero hay semanas enteras en que no llego ni a sacarla de la mochila: soy exigente, un cazador experto que espera paciente para disparar.

  Empieza a llover.

  Llevo en la cabeza a Van Gogh por la montaña,

  y a Miller,

  y a Gauguin,

  y a Hendrix y a los Ratones Paranoicos

  (tocando Me gusta ese tajo)

  Bajo la tormenta,

  Mi mente se mimetiza con la furia del cielo a punto de partirse en pedazos.

  Llevo el veneno de la Edad Media que me inyectó un libro.

  La navaja roja.

  La sombra del que quiero ser una curva más adelante.

  Acelero.

 

  Las habladurías ya no pueden atraparme.

 

 

 

 

Como me convertí en un chino IV

   

El Gran Dragón era un restaurante más de entre los infinitos que puede haber en una gran ciudad. Grandes leones dorados presidiendo la entrada. Un cartel con el nombre inmenso en español y en chino. Todo coronado con una arquitectura de pagoda acartonada, como si fuera el decorado de una pelicula, osea: falso. Dentro del enorme espacio, muchísimas mesas todas iguales, perfectamente alineadas y preparadas. Un aroma extraño e indefinible que en nada recuerda a la comida. Una iluminacion tenue, un hilo musical muy suave y por supuesto unos adornos horribles donde inevitablemente había una cascadita de agua (eléctrica) con su rumor relajante. Me acomodé en una de las mesas y en escasos segundos ya tenia a una china al lado dándome las buenas noches. La observé con ojos cientificos. Pero no descubrí nada. Era sólo una china, jóven, discreta, elegante a su manera, una china como cualquier otra. Tratando de prolongar lo más posible la conversacion que estaba a punto de empezar, le dije que no estaba seguro de lo que iba a pedir. Así se vería obligada a hablarme. La china -sin dejar de sonreir- torció el gesto -imperceptiblemente- y me puso delante la carta escrita no sólo en español y chino, sino también en inglés. Abrio una libretita (china, seguramente) y se dispuso a tomar nota. La primera parte de mi plan se venía abajo, así que no tuve más remedio que elegir casi al azar. La china tomo nota, dijo "glacias" y desapareció detrás de una cortina sin hacer casi ruido al andar. En aquel restaurante tan grande, yo practicamente estaba sólo. En el otro extremo de la sala había una pareja de ancianos que si no miraba uno con atención podían confundirse con estatuas. Estaban tan lejos que ni siquiera podia distinguir si eran chinos. Un poco más cerca, un chino gordo y con cara de funcionario público comía sin prestar atención a nada mientras leía una pequeña libreta. Casi sin haberla oído, reapareció la china y me puso delante un cuenco con una sopa humeante. Tenía un aspecto repugnante, y la china se había quedado de pie frente a mí como esperando que la probara. El humo de la sopa subío hasta mi cara y empaño por un momento mis gafas. Supuse que aquello formaba parte de la cultura china así que hundí la cuchara en el mejunje y lo probé. Era espantoso. Además de estar casi hirviendo, aquello tenía un sabor horrible. Por un momento pasaron por mi cabeza palabras como sopa de aleta de tiburón, sopa agria y picante, sopa wan fun...platos que recordaba haber leído en la carta. Tragué como pude aquella cucharada y levante la vista. La china seguía rígida observandomé, pero yo calculé que lo mismo podía haber estado sonriendo un momento antes de que la mirara y volver a su aparente indiferencia antes de que nuestras miradas se encontraran. Si los platos que seguirían a ese serian igual de espantosos, al menos no iba a arriesgarme a tener que beber además algo típico -y seguramente asqueroso-, así que mirándola fijamente le dije: "Quiero una Coca-Cola." La china pareció dar un respingo, como si le hubiese picado una abeja, pero sin decir nada volvió a marcharse a traves de una cortina por otra puerta secundaria en la que no había reparado al entrar. Seguramente las bebidas estaban en ese otro cuarto y no en la cocina, pensé. Mientras trazaba mentalmente la geografía de aquel sitio, me comí aquella sopa hasta donde pude, una cucharada antes de vomitar. Los comensales de las otras mesas seguían igual de ajenos a mi como si yo no existiera. El restaurante tenía una sola entrada, y una vez dentro solo había dos salidas; hacia la cocina, y hacia el cuarto donde la china había ido a por la bebida. Cuando regresó, puso delante de mí una Coca-Cola de cristal, una de esas botellas modernas que imitan el envase original, pero que son casi una miniatura. Uno de esos productos engañosos que siempre me ponían de mal humor. No dije nada. De alguna manera entre la china y yo se había creado una corriente de hostilidad y yo no quería acentuarla. Entre todo aquel protocolo educado yo parecía percibir que la china no confiaba en mí. Lo cual sería lógico percibir ya que yo no confiaba tampoco en ella. Sea como fuese, la china dejó la bebida (que me bebí de un trago) y volvió a salir rumbo a la cocina. Me dí cuenta de que aquella sopa (que aún estaba delante de mí) me estaba provocando mucha sed. Entonces comprendí que no era que me había quemado la temperatura sino los ingredientes picantes que llevaba. Por eso la china se había quedado delante de mí esperando ver mi cara: disfrutando de mi ridiculo. Mi primera misión como investigador estaba siendo un fracaso. Estaba comiendo cosas incomibles, una china se reía de mí en mi cara y empezaba a sudar a causa de la sed y el estomago revuelto. Pero no estaba dispuesto a darme por vencido. Cuando la china regresó con una fuente, me puse de pie y le pregunté donde estaba el aseo. Me señaló la misma cortina por donde se había ido a por la Coca-Cola. Eso era perfecto, me daba la excusa para investigar un poco más aquella parte del salón. Pasé a traves de la cortina, pero antes de alejarme, observé a la china. Dejó la fuente en mi mesa, preguntó algo al funcionario y la ví desaparecer nuevamente. Detrás de la cortina había un pasillo no muy largo, pero bastante oscuro. A unos pocos metros a la derecha encontré una puerta por donde se acccedía a los aseos, pero en vez de girar, seguí por el pasillo hasta su final y llegué a una puerta de cristales muy sucios que daba a un de patio o jardín. Me asomé por el cristal, pero no pude distinguir casi nada concreto mas que plantas y matorrales, sin embargo, en el fondo de aquel patio se recortaba a contraluz la figura de algo cubierto con una lona, algo grande como un coche, al lado de una especie de cobertizo. Hubiese querido ir en ese mismo momento hacia allí, pero supuse que ya llevaba muchos minutos fuera de la mesa y decidí volver. En mi sitio me esperaba una fuente con tapa que abrí con lentitud y hasta con miedo. Horrorizado, vi una El Gran Dragón era un restaurante más de entre los infinitos que puede haber en una gran ciudad. Grandes leones dorados presidiendo la entrada. Un cartel con el nombre inmenso en español y en chino. Todo coronado con una arquitecturade pagoda acartonada, como si fuera el decorado de una pelicula, osea: falso. Dentro del enorme espacio, muchísimas mesas todas iguales, perfectamente alineadas y preparadas. Un aroma extraño e indefinible que en nada recuerda a la comida. Una iluminacion tenue, un hilo musical muy suave y por supuesto unos adornos horribles donde inevitablemente había una cascadita de agua (eléctrica) con su rumor relajante. Me acomodé en una de las mesas y en escasos segundos ya tenia a una china al lado dándome las buenas noches. La observé con ojos cientificos. Pero no descubrí nada. Era sólo una china, jóven, discreta, elegante a su manera, una china como cualquier otra. Tratando de prolongar lo más posible la conversacion que estaba a punto de empezar, le dije que no estaba seguro de lo que iba a pedir. Así se vería obligada a hablarme. La china -sin dejar de sonreir- torció el gesto -imperceptiblemente- y me puso delante la carta escrita no sólo en español y chino, sino también en inglés. Abrio una libretita (china, seguramente) y se dispuso a tomar nota. La primera parte de mi plan se venía abajo, así que no tuve más remedio que elegir casi al azar. La china tomo nota, dijo "glacias" y desapareció detrás de una cortina sin hacer casi ruido al andar. En aquel restaurante tan grande, yo practicamente estaba sólo. En el otro extremo de la sala había una pareja de ancianos que si no miraba uno con atención podían confundirse con estatuas. Estaban tan lejos que ni siquiera podia distinguir si eran chinos. Un poco más cerca, un chino gordo y con cara de funcionario público comía sin prestar atención a nada mientras leía una pequeña libreta. Casi sin haberla oído, reapareció la china y me puso delante un cuenco con una sopa humeante. Tenía un aspecto repugnante, y la china se había quedado de pie frente a mí como esperando que la probara. El humo de la sopa subío hasta mi cara y empaño por un momento mis gafas. Supuse que aquello formaba parte de la cultura china así que hundí la cuchara en el mejunje y lo probé. Era espantoso. Además de estar casi hirviendo, aquello tenía un sabor horrible. Por un momento pasaron por mi cabeza palabras como sopa de aleta de tiburón, sopa agria y picante, sopa wan fun...platos que recordaba haber leído en la carta. Tragué como pude aquella cucharada y levante la vista. La china seguía rígida observandomé, pero yo calculé que lo mismo podía haber estado sonriendo un momento antes de que la mirara y volver a su aparente indiferencia antes de que nuestras miradas se encontraran. Si los platos que seguirían a ese serian igual de espantosos, al menos no iba a arriesgarme a tener que beber además algo típico -y seguramente asqueroso-, así que mirándola fijamente le dije: "Quiero una Coca-Cola." La china pareció dar un respingo, como si le hubiese picado una abeja, pero sin decir nada volvió a marcharse a traves de una cortina por otra puerta secundaria en la que no había reparado al entrar. Seguramente las bebidas estaban en ese otro cuarto y no en la cocina, pensé. Mientras trazaba mentalmente la geografía de aquel sitio, me comí aquella sopa hasta donde pude, una cucharada antes de vomitar. Los comensales de las otras mesas seguían igual de ajenos a mi como si yo no existiera. El restaurante tenía una sola entrada, y una vez dentro solo había dos salidas; hacia la cocina, y hacia el cuarto donde la china había ido a por la bebida. Cuando regresó, puso delante de mí una Coca-Cola de cristal, una de esas botellas modernas que imitan el envase original, pero que son casi una miniatura. Uno de esos productos engañosos que siempre me ponían de mal humor. No dije nada. De alguna manera entre la china y yo se había creado una corriente de hostilidad y yo no quería acentuarla. Entre todo aquel protocolo educado yo parecía percibir que la china no confiaba en mí. Lo cual sería lógico percibir ya que yo no confiaba tampoco en ella. Sea como fuese, la china dejó la bebida (que me bebí de un trago) y volvió a salir rumbo a la cocina. Me dí cuenta de que aquella sopa (que aún estaba delante de mí) me estaba provocando mucha sed. Entonces comprendí que no era que me había quemado la temperatura sino los ingredientes picantes que llevaba. Por eso la china se había quedado delante de mí esperando ver mi cara: disfrutando de mi ridiculo. Mi primera misión como investigador estaba siendo un fracaso. Estaba comiendo cosas incomibles, una china se reía de mí en mi cara y empezaba a sudar a causa de la sed y el estomago revuelto. Pero no estaba dispuesto a darme por vencido. Cuando la china regresó con una fuente, me puse de pie y le pregunté donde estaba el aseo. Me señaló la misma cortina por donde se había ido a por la Coca-Cola. Eso era perfecto, me daba la excusa para investigar un poco más aquella parte del salón. Pasé a traves de la cortina, pero antes de alejarme, observé a la china. Dejó la fuente en mi mesa, preguntó algo al funcionario y la ví desaparecer nuevamente. Detrás de la cortina había un pasillo no muy largo, pero bastante oscuro. A unos pocos metros a la derecha encontré una puerta por donde se acccedía a los aseos, pero en vez de girar, seguí por el pasillo hasta su final y llegué a una puerta de cristales muy sucios que daba a un de patio o jardín. Me asomé por el cristal, pero no pude distinguir casi nada concreto mas que plantas y matorrales, sin embargo, en el fondo de aquel patio se recortaba a contraluz la figura de algo cubierto con una lona, algo grande como un coche, al lado de una especie de cobertizo. Hubiese querido ir en ese mismo momento hacia allí, pero supuse que ya llevaba muchos minutos fuera de la mesa y decidí volver. En mi sitio me esperaba una fuente con tapa que abrí con lentitud y hasta con miedo. Horrorizado, vi una especie de pollo en miniatura cubierto de una salsa gelatinosa de color casi rojo. Con la determinación de los verdaderos investigadores, probé un bocado de aquello. Era agridulce, pero también picante. La textura de la salsa era como la grasa. La carne acartonada y seca. Tragué como pude y la china volvió a aparecer. Traía unas setas mezcladas con verduras. Era todo hervido sin más, pero me lo comí como si fuera un manjar que me haría olvidar aquella sopa y aquel pollo pintado de rojo. Aquellas verduras me infundieron nuevos ánimos. Allí el tiempo pasaba lentamente y nadie prestaba atención a nada. De hecho, hasta la propia cocina del restaurante sonaba silenciosa, como si allí sólo hubiese un viejo cocinero trabajando. Decidí volver al pasillo y ver que había en aquel patio, y necesitaba disponer de algún tiempo para hacerlo. Cuando la china apareció otra vez, el chino solitario pagó su cuenta y se marchó. Los viejos del otro extremo seguían momificados. La llamé y le pregunté qué podía tomar de postre (ni siquiera sabía si los chinos toman postre), ella se limitó otra vez a abrir la carta y yo elejí (sin mirar) un postre al azar. Para disponer de más tiempo, le dije que también tomaría un té. "Algo especial" -dije- con la intención de tenerla más tiempo ocupada en preparar lo que le pedía. La china, siempre con la misma expresión (algo que no llegaba a ser una sonrisa) volvió a marcharse tras las cortinas. Antes de desaparecer yo había ideado una coartada: me había manchado a proposito una manga de la camisa con la salsa roja, y había dejado que ella la viera. Por gestos le habia dicho que no era nada, que me limpiaría en el aseo mientras preparaban el té. En cuanto desapareció de mi vista, salí casi corriendo hacia el pasillo. Los viejos ni siquiera me miraron. Me interné por el pasillo y volví hasta la puerta del fondo. Era un puerta vieja, de metal, y con pequeños cristales cuadrados en su mitad superior. Tenía un pasador de hierro muy tosco y grande. No tenía candado, cerradura, ni cadena alguna. Intenté moverlo y a pesar de lo viejo que parecía, cedío muy facilmente. La puerta estaba abierta y sólo quedaba empujarla. Lo hice con cuidado infinito y di un paso hacia aquel jardin. Tardé unos momentos en acostumbrarme a aquella oscuridad. Cuando empecé a distinguir algo, avancé hacía aquella forma que había visto antes. Al acercarme, distinguí mejor el cobertizo que había al lado. ¿qué podría haber allí dentro?¿herramientas?¿Para que quieren herramientas en un restaurante? Pensaba esto lo más rapido que podia mientras calculaba mentalmente lo que podía tardar un chino en preparar un té. El agua hirviendo, dejarlo reposar, servirlo en un vaso elegante...calculé que aún tendría unos minutos y abrí la puerta del covertizo. Cuando miré dentro estuve a punto de gritar: varias figuras inmóviles me miraban. Algunas vestidas, otras sin ropa. Un segundo antes de salir corriendo me di cuenta de que eran maniquies. El corazón me latía desenfrenado. Unos simples maniquies me habían puestoal borde del espanto, pero reflexioné rápido, y pensé que a pesar del susto, había logrado controlarme, no me había delatado. En un momento volvería a la mesa, tomaría mi té, pagaría mi cuenta y me iría tranquilamente de allí sin que los chinos se hubiesen dado cuentade que me había colado en aquel extraño patio donde escondían maniquies...

Entonces ocurrió lo impensable.                                                                                                                                            

Un viento repentino barrió aquel patio y un remolino de hojas se agitó. Un segundo después, la puerta de hierro, que había dejado completamente abierta para una salida rápida, se cerró con un estrépito descomunal. Se oyeron cristales rotos en el medio de un gong terrible. Pensé en salir corriendo de aquel lugar antes de que nadie me viese allí. Si actuaba rápido no sería descubierto, pero de detrás del cobertizo -sin que yo supiera cómo- apareció un chino. Me quedé paralizado. Veía apenas su figura a contraluz, pero sus ojos brillaban en la oscuridad. No decía nada, pero incluso sin hablar parecía decirme: te hemos descubierto. El miedo suele hacer reaccionar a la gente de manera muy distintas. Frente al chino de pronto pensé en el pollo rojo que me habían servido. Antes de poder decir nada, por la puerta de hierro oí que llegaban más personas (más chinos). Aquella primera misión que prometía ser sencilla dos minutos atrás, se había convertido en una especie de trampa en la que me había metido como un tonto...

¿Cómo se dirá en chino "vengo en son de paz"?  -pensé absurdamente.

 

Como me convertí en un chino III

 
  En todas las grandes ciudades hay inevitablemente un barrio chino. Pero yo siempre había tenido
la sensación de que todo aquello que un visitante puede ver, no es más que una simple fachada.
Todos esos restaurantes, esas tiendas, todo ese gentío se me aparecía siempre como un decorado,
o una representación. Si quería averiguar algo de verdad, tendría que dar un paso más allá
y conseguir de alguna manera (no sabía cómo) traspasar esa barrera y poder acceder a esa
otra parte del barrio, a las callejuelas y a las viviendas de los chinos. Claro que para
poder dar ese paso no había más puerta de entrada que los comercios, así que debía ingeniarme
una manera de franquear esa barrera y entrar en la otra zona, la prohibida.De pronto, cuando
ya empezaba a acercarme al barrio, me dí cuenta de que estaba nervioso, como si temiera
ser descubierto, pero ¿descubierto haciendo qué? No era más que un cliente más en un mar
de gente, y seguramente mi visita sería una más que pasaría inadvertida.
  Si en ese momento alguien me hubiera preguntado qué quería investigar, no hubiera sabido
muy bien que responder. Yo había leído hacía muchos años un libro en que un occidental ha-
blaba de los chinos y su cultura milenaria. Me habían fascinado tantas cosas que había
copiado en unas hojas partes de aquel libro donde por ejemplo se decía que los chinos tienen
como número sagrado el nueve, que la religión primitiva tenía nueve cielos, y que las
divisiones del tiempo y el espacio se basan siempre sobre el citado número. Había leído
sobre los entierros chinos, sobre la importancia que le daban, y de como las familias lle-
gaban a endeudarse de por vida para pagar unos funerales. Quizás, de entre todo lo que había
averiguado, dos cosas fueron las que más me impactaron. Primero, que China era un país
de geomantes, especie de adivinos que en contacto con los dioses determinan en que orien-
tación o lugar debe construirse una casa o un edificio. Antes de levantar una sola piedra
se recurre a la ciencia geomántica, algo así como una consulta al más allá en busca de
aprovación. Además de eso, quedé admirado por la escritura china. La gran sabiduría imperial
consistía en conocer el mayor número de palabras posibles y todas las reglas de una
complicadísima etiqueta. La escritura china, que es ideológica, no tiene letras sueltas;
cada signo es una palabra, y la sabiduría consiste en poder guardar en la memoria la mayor
cantidad posible, y tener todas esas palabras listas para ser dibujadas con un pincel.
  De toda aquella cultura milenaria,
  ¿Qué quedaba hoy en día?
  ¿Tenían algo que ver estos chinos modernos con aquellos que yo admiraba de los libros?
  Aparentemente no.
  Pero yo nunca me fiaba de las apariencias,
  mucho menos tratandose de chinos.

  Elejí un restaurante al azar.
  Se llamaba El Gran Dragón.
  Me senté en una mesa discreta y esperé a que me atendieran...